“Aunque suene exagerado, poco o nada importa si un ciclista llega al Tour como campeón de la vuelta a España, de la Milán-San Remo, de la Vuelta a Suiza o del Giro de Italia.”

Publicado originalmente Revista Diners de julio de 1989. Edición número 232

Julio es el mes del Tour de Francia, el mes de la verdad absoluta en el mundo del ciclismo. Aunque suene exagerado, poco o nada importa si un ciclista llega al Tour como campeón de la vuelta a España, de la Milán-San Remo, de la Vuelta a Suiza o del Giro de Italia. Si fracasa en el Tour o no compite ahi, no puede hablar de una gran campaña. Si no, que lo diga el ciclista irlandés Sean Kelly, quien solia arrasar con todos los criteriums y clásicos que se disputan en la primavera pero que, al llegar el Tour, echaba por la borda su campaña al no poder triunfar y era declarado ciclista del año aquel que ganara el Tour: Hinault, Fignon, Roche o Delgado.

Todos los premios anteriores, si bien permiten altos puntajes para el Grand Prix y otras clasificaciones, no son más que pequeños consuelos al lado de la gloria que otorga el Tour. Porque la verdadera vara que mide a los ciclistas dignos de entrar en la leyenda es el Tour de Francia.

Esta carrera, que se corrió por primeral vez en 1903, ha adquirido un prestigio tan grande, que se ha convertido, desde hace varias décadas, en la competencia ciclistica más importante del mundo.

Hoy en día no es aventurado afirmar que el ciclismo profesional gira en torno al Tour de Francia. Buena parte de los ciclistas y equipos que compiten en las diversas carreras que se celebran en Europa y América lo hacen pensando en el Tour, ya sea para prepararse o para lograr puntos que les permitan “clasificar” y estar en la lista selecta de los equipos escogidos.

Esto obliga a muchos equipos, entre ellos al Café de Colombia, a contar con un contingente numeroso de ciclistas que puedan asumir varias pruebas europeas sin que con ello se quemen.

Por ejemplo, el Café de Colombia afrontó las pruebas más importantes del primer semestre de 1989 con un equipo comandado por Martín Farfán en la Vuelta a España. Otro, liderado por Herrera, estuvo en el Giro de Italia, y un tercero, con Martin Ramírez como figura principal, participó en la Vuelta a Suiza.

Pruebas tan importantes y autónomas por historia y prestigio como la Vuelta a España y el Giro de Italia se han transformado en subsidiarias del Tour. Salvo algunas escuadras que toman esta prueba como una finalidad (por lo general los equipos italianos y españoles), el resto de las escuadras, ya sean de Francia, Bélgica, Holanda o Colombia van a prepararse y sumar méritos que les permitan estar en el Tour. Obviamente, los ciclistas que ganan en Italia o España no hacen mala cara. Pero si pierden, dicen que lo importante era rodar bien para llegar al Tour en óptimas condiciones. En cambio, cuando se fracasa en el Tour, toca hablar de la temporada que viene o, de una vez por todas, pensar en el retiro definitivo.

El ciclismo colombiano, desde 1983, también se ha ido amarrando progresivamente a lo que podría llamarse ”el síndrome del Tour”. Pruebas tan importantes en la vida nacional como la Vuelta a Colombia se han ido transformando en competencias de segundo orden, a pesar de los intentos que se hacen para que los aficionados les presten atención. Atravesada entre la Vuelta a España y el Tour, la Vuelta a Colombia no siempre cuenta con las principales figuras de nuestro ciclismo. Este año, por ejemplo, no estuvo Lucho Herrera, un animador permanente de esta carrera desde 1982.
Pero, ¿a qué se debe que el Tour de Francia se haya convertido en el principal espectáculo del ciclismo mundial? ¿A qué se debe que, a su lado, el Giro de Italia y la Vuelta a España parezcan pequeños remedos de la principal carrera del mundo?

La razón fundamental podría ser la historia escrita en las carreteras de Francia, plagadas de nombres ilustres como Coppi, Anquetil, Merckx o Hinault. Pero esta respuesta no es satisfactoria porque el Giro y la Vuelta también tienen una rica historia.

Otra razón puede ser que el Tour de Francia, por celebrarse en la mitad del verano, sea el espectáculo deportivo por excelencia. Cuando se corre el Tour, las pistas de ski están cerradas y los campeonatos de fútbol de Europa ya han terminado. El verano está en su apogeo y millones de personas pueden aprovechar la temporada de descanso para salir a las carreteras o estar pendientes de las etapas por la televisión.

Tal vez el único espectáculo que compite de igual a igual con el Tour es el Campeonato Mundial de Fútbol, que se juega cada cuatro anos y que muy rara vez coincide con las etapas decisivas del Tour, que por lo general se corren a finales de julio.

Pero otro argumento, quizás más poderoso y que es un resultado de todo lo anterior, es el económico. Porque el Tour de Francia, además de ser una competencia deportiva, es una empresa muy rentable, que mueve muchos millones de francos y que, a medida que pasan los años, se consolida y se fortalece como negocio y como espectáculo, sin perder para nada su prestigio deportivo y su alto nivel competitivo. Desde todos los puntos de vista, el Tour de Francia es la prueba reina del ciclismo mundial.

Se calcula que, en total, unas 3750 personas y unos 1400 vehículos están involucrados en un Tour.

Para los equipos, el Tour de Francia también es bastante exigente, más allá de la parte competitiva. Además de las largas etapas contra reloj, las extenuantes de los Pirineos y los Alpes y las rápidas etapas planas que exigen una gran preparación física, táctica y sicológica de los ciclistas, cada escuadra debe prepararsee y financiarse para invertir una buena cantidad de dinero que le permita afrontar la carrera.

La sola inscripción de una escuadra en el Tour cuesta 330 mil francos (unos 18 millones 777 mii pesos). Pero para contar con un equipo competitivo el presupuesto anual necesario es de 2.5 millones de dólares. A todo este esfuerzo e inversión se le deben agregar los costos de inscripción, estadía y sueldos que se desembolsan durante las tres semanas que dura la competencia.
Pero estas cifras apenas insinúan el montaje que requiere cada edición del Tour de Francia. Porque en la caravana no todo es competencia. La parte publicitaria es tal vez la que más pesa, la que sostiene todo el andamiaje de la organización y la que, en últimas, justifica la inversión económica y a ratos hace creer que la parte deportiva no es más que un pretexto para sostener una gran empresa.

En 1981, la firma Miko pagó 650 mil francos (unos 36 millones 985 mil pesos) para patrocinar la camiseta amarilla. Pero este es apenas un ejemplo. Además de la camiseta del líder hay otras, como la de los premios de montaña que patrocina el Café de Colombia.

Compañías como Merlin o Michelin han patrocinado la llegada e las etapas o la camiseta verde de la regularidad. Fiat le quitó a Peugot el patrocinio del “carro oficial” del Tour. Coca-Cola se vinculó hace dos años como patrocinador oficial del evento. Las empresas se caracterizan por la diversidad de productos y servicios que ofrecen: ITT (telecomunicaciones). BNP (finanzas), Perrier (bebidas), Longines (el reloj oficial), Contrexéville, Coq Sportif, Pam Pam. Laroche Fées, Adidas, Dennaspray, La Bohéme, Gestetner, Savane, Locatel, Polichinelle, etc. Todas estas y muchas más pagan por estar presentes en el Tour.

Pero no sólo las empresas se afanan por estar en la prueba ciclística. Las ciudades, por el hecho de ser salida o llegada de una etapa, deben pagar una determinada suma de dinero. La ciudad desde la que el Tour arranca tiene que dar más.

Uno de los elementos más llamativos del Tour es la caravana publicitaria, que sale unas dos horas antes que los ciclistas. Para adquirir un cupo en esta caravana es necesario pagar de acuerdo con el tamaño del vehículo. Los autos de turismo, los furgones de hasta tres toneladas, los camiones entre tres y cinco toneladas, y los camiones de más de cinco toneladas, cancelan sumas diferentes, más impuestos. ¿A quién le llega este despliegue de deporte, espectáculo y publicidad? Se calcula que entre doce y catorce millones de personas salen a las carreteras durante el Tour.

Estas personas reciben todo tipo de promociones e información acerca de productos comerciales. Se estima(seguramentte esta cifra no contempla la parálisis que provoca en nuesntro país transmisión en directo de una etapa con llegada de montaña) que diez millones de televidentes ven en directo el Tour, y unos veinte millones lo ven en diferido por Eurovisión.

El Tour de Francia es tal vez el mejor negocio del verano. Lo que ganan los corredores en premios es muy poco si se compara con el presupuesto que se maneja. A veces podría pensarse que los ciclistas son un pretexto y que lo que realmente mueve el formidable andamiaje de la organización del Tour de Francia es mantener y consolidar uno de los negocios más rentables del verano europeo.